25 años aprendiendo a enseñar

La celebración de las bodas de plata de la EMTG me da ocasión para reflexionar sobre la tarea didáctica que es la función básica de toda escuela.

Enseñar es transmitir experiencia. Los datos, la información y los conceptos son la base cognitiva imprescindible, son la materia de conocimiento y la necesitamos para tener un mapa común y un alfabeto con el que entendernos. Pero nuestro oficio está más cerca de las disciplinas artísticas que de la técnica mecanicista, por eso se adecua mejor a la tradición del aprendizaje artesanal de los gremios donde el aprendiz observa al maestro, no solo lo que hace sino, sobre todo, cómo lo hace. Se trata de captar no las normas o los recursos sino dejarse empapar por la actitud que sustenta esa acción y esos recursos en juego.

La formación tiene inevitablemente un aspecto introyectivo que la supervisión posterior (cuando el gestaltista novel comienza sus prácticas) tratará de diluir, abandonando las normas y reglas consideradas hasta entonces el fundamento de la “buena terapia” y dándole más libertad a la presencia, a la calidad de estar y ser: eso que llamamos “convertirse uno en su propia herramienta” o “usarse al servicio de la relación”, que tan difícil es de entender en profundidad y que suele ser el fruto de la práctica y de la experiencia, o sea, de la “buena gestalt”. Pero hasta llegar a esta cosecha, el aprendiz necesita tragar para luego vomitar, adquirir y perder, coger indiscriminadamente y posteriormente seleccionar.

Cómo ajustar este proceso ha sido mi motivo de preocupación permanente como enseñante: qué se puede o no fijar en cada momento, qué temas o asuntos van antes o después, qué criterios merecen continuidad o cambio, cómo medir la valía de lo transmitido y su reflejo en variables tan inmateriales como madurez, compromiso, coherencia (o congruencia, como diría Rogers), variables todas ellas actitudinales y por lo tanto más sutiles de validar en los alumnos.

Como Claudio Naranjo nos enseñó, una actitud se contagia, no se estudia, por eso el acento lo puse muy temprano en la calidad del equipo docente: quienes lo formamos originalmente: Enrique, Águeda, Annie y yo, así como los que se han incorporado después compartimos esa fe nuclear en enseñar “siendo”, es decir, apoyar la didáctica en una actitud determinada que alude a la transparencia, la libertad interior y la responsabilidad personal en aquello que hacemos y transmitimos, sea cómodo o incómodo, comercial o no, correcto o cuestionable según determinados baremos académicos… En cualquier caso nos mueve una intención de enseñar desde “dentro”, es decir, desde nuestra conexión interna hacia el corazón de nuestros alumnos. Y quien dice corazón dice cuerpo, sentimiento, mente, imaginación y espíritu.

Al haber sido profesor invitado de la mayoría de institutos gestálticos y escuelas del país, el contraste de estilos ha sido para mí una fecunda fuente de reflexiones y ajustes: sé que hace falta equilibrar (más allá de las características de cada maestro y su librillo) el aspecto transformador (terapéutico) y el factor de entrenamiento (práctica y reflexión) para que no se confunda el ciclo formativo con un proceso exclusivamente terapéutico (que lo es, y muy potente), o su contrario: la adquisición de un arsenal de recursos técnicos y metodológicos que hagan del alumno un “experto” en vez de un “buscador”.

Creo que nuestra escuela ha encontrado ese equilibrio por las características del equipo y por una permanente actualización de lo que hacemos y su porqué, por las innovaciones introducidas, por lo desechado y lo reformulado, por la adaptación a las generaciones cambiantes que cada promoción nos exige y que a veces nos coge con el pie cambiado: todo ello es un permanente recuerdo de que en gestalt la situación manda más que los principios, y que esta ética del aquí y ahora es una fuente saludable de juventud.

Así que 25 años pesan mucho y a la vez son una celebración de ligereza: me siento más viejo y más despreocupado. He aprendido a enseñar, he podido desarrollar mi vocación real de transmisor, no de psicoterapeuta (que aunque se parecen mucho no son lo mismo) y muchos gestaltistas me lo agradecen periódicamente. Como yo a ellos, a mis socios, a mis colaboradores y a esa construcción que es la Escuela Madrileña de Terapia Gestalt y que ha llegado hasta aquí sana, salva y con ganas de seguir dando guerra (santa).

 

PACO PEÑARRUBIA

Una respuesta a “25 años aprendiendo a enseñar

  1. Que bonito Paco, cuánto amor y mimo en cada ladrillo de la escuela, me sobrecoge recordar la santa y devastadora influencia en mi paso por allí, donde cada palabra, cada mirada recibida parece cargada de una intención que es medicina. Gratitud y emoción, es amor lo que se quedó en los cuerpos. Siempre Gracias!

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