Mi experiencia en la Escuela Madrileña de Terapia Gestalt

Llegué a esta Escuela como quien llega sin saber qué busca pero está buscando, sin saber quién es pero siendo. Aún no sabía encontrarme en la realidad pero vivía en ella, como el pez que desde el océano pregunta por el agua.

Allí aprendí a ver, ahora mis ojos son ventanas que hacia fuera miran asombradamente el mundo, y dentro encuentran refugio en casa donde la dicha de ser me da una gran satisfacción.

Y en esa sala de la calle León nos encontramos en otoño un grupo de compañeros de viaje, personas con las que compartí esos tres intensos años, un espacio que terminaría cobijando más intimidad que la de la propia familia, un encuentro de espejos más o menos rotos, empañados, con ganas de romper lo viejo y construir algo nuevo desde el miedo y el deseo más profundos. Lo hicimos, nos peleamos, nos amamos, lloramos, reímos, nos escondimos por poco tiempo, deshicimos proyecciones y nos contagiamos de verdad, nos rebelamos y nos rendimos, fue duro, pero lo hicimos.

Y mes a mes iban apareciendo todos ellos, Annie, Paco, Enrique y Águeda, personas como nosotros, más mayores, más sabios, con más años de camino andado, con sus tropiezos y estados de gracia, en la plenitud de su luz y sus sombras, mostrando su escucha atenta, sus manos, sus palabras llenas de silencios, dándonos el permiso de Ser quienes éramos, sin pudor desde donde partíamos y sin juicio de hacia donde íbamos. Trabajaron con la paciencia y la confianza suficientes, con la espera abierta y la sorpresa, acompañando el parto natural de las cosas, creando y creyendo en nosotros mismos sólo porque sí.

Al principio yo lloraba y no entendía. Huía y no sabía de qué. Me quedé allí con la dificultad de pertenecer y soltar a la vez. Aún me pregunto, ¿cómo hicisteis eso?, ¿cómo es posible acompañar así en tantos procesos, tan complejos y tan distintos?, ¿qué es lo que ocurrió realmente? Es mi mente la que quiere comprender, la vivencia ya está grabada, queda reposada en la continuidad de mi cuerpo y en las acciones del que es mi oficio ahora, intentando transmitir lo que se me dio tan generosamente.

Ahora puedo decir “Universo, hágase tu voluntad” sin querer controlarlo todo y puedo decir “No sé” con cierta tranquilidad. Aprendí a ser yo, y sé que también puedo dejar de nombrarme porque somos parte de un Todo más completo, más real.

Han pasado muchos otoños desde entonces, es momento de celebrar, ¡celebremos!, sólo me sale deciros maestros, hermanos, gracias, gracias, gracias… a sabiendas de que lo recibido no cabe en mis manos pero ocupa un lugar importante en mi corazón.

Noelia Millán.

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